Ideología y catolicismo


por Mario Meneghini


A partir de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética (1989/90), surgió la creencia generalizada de que han perdido vigencia las ideologías, tesis que fundamentó teóricamente el autor Francis Fukuyama (El fin de la historia), quien sostenía que, al ser derrotado el comunismo, sólo quedaba vigente el liberalismo capitalista. Se le podría contestar, parafraseando una célebre expresión: las ideologías que vos matáis, gozan de buena salud. En especial, sigue vigente la interpretación marxista del mundo y de la historia, aunque con un enfoque renovado que la hace aún más peligrosa.

En efecto, en la segunda mitad del siglo XX surgió el aporte del italiano Antonio Gramsci, quien sostuvo que no puede haber revolución sin una previa toma de conciencia, y que ésta se origina y se desarrolla en el ámbito de la superestructura, no en la infraestructura (relaciones económicas). Por lo tanto, la conquista del Estado pasa por la transformación de la sociedad civil en la que el Estado se apoya. La revolución socialista no podrá prescindir de las armas de la inteligencia y de la moralidad; las ideas y los valores son los explosivos más eficaces. Por eso, los dirigentes revolucionarios deben obtener el poder, infiltrándose en el aparato del Estado, en los medios de comunicación, en las universidades, en las escuelas, en las parroquias. Como en la larga marcha de Mao, pero no a través de las montañas, sino de las instituciones. El enfoque gramsciano utiliza el poder blando, que influye mediante la persuasión y el paulatino dominio de la cultura, que busca cambiar el sentido común de las personas.

Los católicos necesitan conocer el peligro que implican las ideologías, pues están perdiendo la guerra cultural. Gramsci lo dice con crudeza: el “pensamiento social” católico tiene sólo valor académico…pero no como elemento de vida política e histórica directamente activo.

 

Análisis del concepto de ideología

 

1. La palabra ideología recién comienza a usarse a fines del siglo XVIII, en Francia, y tiene rápida difusión pues designa una característica de la mentalidad que se impone. Ideología pretende ser la ciencia de las ideas; no es sinónimo de doctrina o que un sistema de conocimientos científicos o técnicos. Es un sistema cerrado de ideas que se constituye, para la persona que se identifica con él, en fuente de toda verdad, de toda rectitud práctica o moral. No alcanza, por lo tanto, vigencia en el exclusivo plano intelectual, sino que funde en una sola las funciones teórica y práctica de la inteligencia, para aplicarla a una tarea creadora. Procura transformar de raíz al hombre y a la sociedad, a la que se ve como la única dimensión real del hombre nuevo, debiendo por eso ser modificada para que sea expresión fiel del cambio del individuo.

No debe ser confundida la ideología con un sistema de principios de acción política o social; dicha acción se ejerce sobre una realidad cuya naturaleza es la que fundamenta esos principios. En cambio, la ideología no supone ninguna naturaleza real y reconoce principios: todo debe ponerlo ella, de modo que, si la acción se inspira en una ideología, es inconcebible que yerre, pues emana de ella la única verdad y no requiere de ningún otro punto de referencia.

La ideología tiene un concepto de verdad que no es el que han explicado los filósofos: la adecuación del intelecto y la realidad. La verdad es la ideología, y la realidad sólo se revela cuando es iluminada por ella, desapareciendo así lo imprevisible y lo contingente. La ideología es verdadera porque es la única interpretación completa y cabal de la realidad. Por ello, Proudon afirmaba que la revolución nunca se encuentra en el error.

 

2. La influencia de las antiguas cosmovisiones maniqueas es evidente: el mundo se divide en dos sectores absolutamente irreconciliables, el del bien y el del mal. El bien es la verdadera regla manifestada en la ideología; el mal es un no-ser al cual hay que aniquilar. Sucede como en la vieja secta islámica de los asesinos, quienes, por no existir verdaderamente el mal, debían hacer desaparecer todas sus apariencias, las cuales se presentaban como hombres en quienes no habitaba el bien. Es moralmente bueno todo lo que favorece la revolución, malo todo lo que se le opone: este enunciado de Lenin expresa exactamente el sentido de la moral que impone la ideología.

Psicológicamente, el ideólogo es un poseído: sus reacciones son las del iniciado que ha pasado ya por las pruebas que condicionan su acceso a la gnosis salvadora. Es el energúmeno que, con grado mayor o menor de lucidez, se mueve sólo al impulso del poder de la idea. Uno de los factores psíquicos condicionantes de la actitud ideológica es el resentimiento; consiste éste en el repliegue del sujeto sobre sí mismo para incubar en su interior situaciones, reales o imaginadas, de agravio o injuria. Ellas se independizan de sus causas particulares, para constituirse en fuente inagotable de una necesidad de vindicación, no vinculada a objetos determinados, sino objetivable en cualquier persona o institución. Habitualmente se enfoca en la sociedad, que debe pagar los agravios del resentido.

La relación entre el ideólogo y el pueblo ideologizado, es la del pontífice y los fieles. En éstos la ideología va produciendo una esquematización mental que exime de hábitos intelectuales: el ideólogo ha construido ya, a partir de esquemas, un sistema cuyo significado esotérico dominado por él, le permite conocer y anticipar el verdadero sentido de las cosas. Se produce en la sociedad un reemplazo de su orden natural por un patrón homogéneo de conductas y reacciones, de lenguaje y de pensamiento; la afecta nivelando hacia abajo, provocando una masificación, para construir desde esa base una nueva estructuración vertical, la del artificio ideológico que debe reemplazar a la vieja sociedad.

El fenómeno histórico de la aparición y desarrollo de las ideologías corresponde, por tanto, a un proceso único, consistente en la gradual reversión del hombre hacia la afirmación de su absoluta autonomía e independencia; es el proceso de la liberación del hombre.

Como consecuencia de lo señalado, lo opuesto a una ideología no es otra ideología de signo contrario –así como lo opuesto a una enfermedad no es otra enfermedad-, sino el orden propio de la existencia humana, determinado por las leyes de la naturaleza y de la Redención.

La actitud ideológica es contagiosa; es tal la seducción que ejerce el ideólogo que suele producir una reacción equivocada en quienes se oponen a él. En efecto, se reduce la reacción a un retraimiento escéptico, una posición dubitativa ante todo lo que implique acción política o manifestación de interés por el destino colectivo. Esta posición, que además busca refugio en la comodidad y seguridad materiales, crea un vacío frente al poder ideológico, en el cual se desorientan quienes no participan de él, y se cae en la tentación de resistir a las ideologías adoptando su estilo y sus métodos y emulando su triunfalismo.

Lo opuesto a la actitud ideológica, entonces, es la de la sabiduría, fin perfectivo del hombre, en sus dimensiones contemplativa y práctica. En ella consiste la salud, frente a la enfermedad de la ideología, que mata en su misma raíz el alma espiritual del hombre.

 

El proceso histórico

 

Varios antecedentes han conformado el proceso de auge de las ideologías modernas.

3. El nominalismo afirma que no hay conocimiento sino de lo singular. Con el nominalismo desaparece el vínculo entre la inteligencia y la realidad; a partir de allí el hombre ya no intentará entender al mundo: "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversas formas el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo" (Carlos Marx). 

4. Ciencia moderna. Del nominalismo nace una nueva actitud intelectual; podemos comparar, por ejemplo, las actitudes con respecto a las ciencias de la naturaleza que tuvieron dos pensadores. San Alberto Magno buscaba el conocimiento para contemplar en él una participación de la verdad. Francis Bacon busca el conocimiento de la naturaleza con el fin de dominarla, uno de los caracteres de la ciencia moderna: ser un instrumento de poder. Conocer las leyes naturales importa como dato para dar al mundo otra forma, la que el hombre forja en su subjetividad autónoma. Entonces, la ciencia moderna se constituye en un ingrediente de la ideología, de la cual se hace inseparable.

5. El gnosticismo: es una posición intelectual y religiosa que se hace presente históricamente desde que el Cristianismo comienza a expandirse desde Israel, y que ha mantenido esa presencia, desde entonces hasta ahora. Consiste en un intento de desplazar el centro de la acción redentora desde Dios al hombre. Los gnósticos constituyen un círculo cerrado, al cual no puede acceder sino aquel que, habiendo pasado con éxito diversas pruebas, se inicie luego en el proceso de purificación que ha de llevarle, gradualmente, al estado de perfección. En ellos se da la misma actitud iluminada y demiúrgica que más tarde ha de aparecer en el ideólogo. Este es, en realidad, la moderna versión del perfecto, del que, poseído plenamente por el conocimiento que salva, goza de la capacidad para comunicar esta salvación a la humanidad, liberándola de todo lo que la oprime.

6. Reforma protestante: el concepto que Lutero tiene de la fe cristiana, corresponde a un acto interior de confianza en Dios, y no a un asentimiento de la inteligencia a lo que Él revela. Se asimila más a la virtud teologal de la esperanza, que a la de la fe. Con ello la inteligencia pierde, en el orden sobrenatural, su objetividad universal: ésta ya no importa, pues no depende de ella la salvación. El papel de la inteligencia es, a partir de aquí, el de sustentar ese acto interior de confianza; lo que ella conozca no v ale para el sujeto por ser verdadero, sino por producir ese sentimiento, el de estar salvado. De aquí que la interpretación del sentido de la Revelación debe estar sustentada en este criterio básico, puramente subjetivo: el del libre examen de las Escrituras.

Intelectualmente, Lutero no agrega nada nuevo al nominalismo, el cual tuvo clara influencia sobre él, pero le da una fuerza que no podría haber tenido como mera corriente filosófica.

7. Poder: hay relación entre la aparición de la ideología, y la desaparición del sentido moral de legitimidad del poder. Un rechazo de lo propio de la autoridad, es la intención de quienes tienen o buscan el poder social y político. Es propio de la ideología el constituirse ella misma en principio de poder, rechazando absolutamente cualquier otro: es legítimo únicamente el poder surgido de la ideología.

En muchas circunstancias, lo que ha movido a los hombres a hacerse del poder es su concupiscencia y la necesidad de justificar intereses particulares; así ocurrió, por ejemplo, en Inglaterra luego de la confiscación de los bienes de la Iglesia, al final del reinado de Enrique VIII. Pero enseguida se hace necesario dar al poder así conseguido justificación y estabilidad, exigidas como condiciones de seguridad por el mismo poder alcanzado, y de este modo se va configurando una actitud en que ya se encuentran elementalmente delineados los rasgos de la ideología. Esta nació como interna necesidad del poder despojado de autoridad, y es, a su vez, la condición de desarrollo de ese mismo poder, un desarrollo que no puede tener límites pues estos son su negación.

De esta manera, se puede apreciar que no sólo son inseparables la ideología y el poder, sino que hay una íntima identificación entre ambos. El perfeccionamiento de las técnicas de conquista y de conservación del poder, propio de los sistemas ideológicos contemporáneos, especialmente del soviético, es la respuesta a una interna exigencia de la misma ideología.

La mentalidad del ideólogo es, pues, una mentalidad de poder. Y sería muy ingenuo, en consecuencia, pensar que el poder que a él le interesa es sólo el poder político. Este le interesa, naturalmente, pero no por lo que significa específicamente, sino en cuanto condición o medio indispensable para hacerse de todas las otras esferas de poder sobre los hombres. Se puede ver, desde los comienzos de la trayectoria histórica de la actitud ideológica, que el poder buscado no ha sido nunca el político, considerado en razón de sus fines, sino sólo en cuanto es poder y, por tanto, como vía necesario para conquistar otras esferas y asegurarlas.

El poder económico y financiero, por ejemplo, ha sido muchas veces el objetivo principal que ha requerido como condición el dominio del poder político. A su vez, éste, para tener base más sólida, exigía ser complementado con el poder religioso –así se vio también en Inglaterra, durante la segunda mitad del siglo XVI- y con el poder moral, los cuales añaden al dominio físico el de las conciencias. Las sucesivas formas que ha ido tomando la ideología, hasta su estado de perfección logrado en el marxismo-leninismo, se identifican en su secuencia, por esta razón, con el despliegue cada vez más completo de los recursos que permiten ejercer sobre los hombres un poder total.

Es inconcebible que alguna parcela de la existencia humana se deje expresamente fuera de lo que ahí está previsto y determinado. Gramsci lo expresa de esta manera: Una ideología es una concepción del mundo que se manifiesta implícitamente en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida, individuales y colectivas (Gómez Pérez, p. 101).

La ideología es, por tanto, esencialmente universal y totalitaria. No hay ideología, entendida en sentido estricto, que no sea totalitaria, y tampoco hay totalitarismo que no se identifique en su raíz con una actitud ideológica. La ideología es la concepción teórica y práctica del poder totalitario.

 

La enseñanza de Pablo VI 

Consideramos que el análisis mejor logrado sobre el tema ideológico, desde la perspectiva católica, se halla en la Carta Apostólica Octogesima Adveniens, del Papa Pablo VI, documento que cumplió 40 años en mayo último. Intentaremos un resumen de dicho análisis.

8. La persona cristiana que quiera vivir su fe en una acción política, concebida como servicio, no puede adherirse sin contradecirse a sí misma, a sistemas ideológicos que se oponen a su fe y a su concepción de la persona humana. No es lícito, por tanto, favorecer a la ideología marxista, a su materialismo ateo, a su dialéctica de violencia y a la manera como ella entiende la libertad individual dentro de la comunidad, negando al mismo tiempo toda trascendencia al ser humano.

Tampoco apoya la comunidad cristiana a la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencia más o menos automáticas de iniciativas individuales, y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social.

9. Es necesario tener en cuenta las posibles ambigüedades de toda ideología social. Unas veces reduce la acción política o social, a ser simplemente la aplicación de una idea abstracta, puramente teórica; otras, es el pensamiento el que se convierte en puro instrumento al servicio de la acción, como simple medio para una estrategia.

La fe cristiana es muy superior a estas ideologías y queda situada a veces en posición totalmente contraria a ella, en la medida en que reconoce a Dios, trascendente y creador, que interpela a través de todos los niveles de lo creado, a la humanidad como libertad responsable.

10. El peligro consiste en adherirse a una ideología y en refugiarse en ella como explicación última y suficiente de todo, y construirse así un nuevo ídolo, del cual se acepta, a veces sin darse cuenta, el carácter totalitario y obligatorio. Y se piensa encontrar en él una justificación para la acción, aún violenta; una adecuación a un deseo generoso de servicio; éste permanece, pero se deja absorber por una ideología, la cual -aunque propone ciertos caminos para la liberación de hombres y mujeres- desemboca finalmente en una auténtica esclavitud.

11. Si hoy día se ha podido hablar de un retroceso de las ideologías, esto puede constituir un momento favorable para la apertura a la trascendencia y solidez del cristianismo. Puede ser también un deslizamiento más acentuado hacia un nuevo positivismo: la técnica universalizada como forma dominante del dinamismo humano, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin que la cuestión de su sentido se plantee realmente.

12. Pero, fuera de este positivismo, que reduce al ser humano a una sola dimensión y que con ella lo mutila, la persona cristiana encuentra en su acción movimientos históricos concretos nacidos de las ideologías y, por otra parte, distintos de ellas.  Ya Juan XXIII, en la Pacem in terris, muestra que es posible distinguir entre las teorías filosóficas falsas, con los movimientos históricos con una finalidad política o social, aunque deban su origen en esas teorías. Las teorías, una vez fijadas y formuladas, no cambian más: los movimientos no pueden menos que ser influenciados por las condiciones mudables de la vida.

Por lo explicado, en la medida en que esos movimientos respondan a justas aspiraciones de la persona humana, se puede reconocer en ellos aspectos positivos y dignos de aprobación.

13. En la actualidad, algunos grupos cristianos se sienten atraídos por corrientes socialistas; tratan de reconocer en ellas un cierto número de aspiraciones que llevan dentro de sí mismos en nombre de su fe. Ahora bien, estas corrientes asumen diversas formas bajo una misma denominación, pero siguen inspiradas en muchos casos por una ideología incompatible con la fe. Se impone un atento discernimiento pues, con demasiada frecuencia, los cristianos tienden a idealizarlas: voluntad de justicia, de solidaridad y de igualdad; sin advertir que están condicionadas por la ideología de origen que pretende dar una visión total y autónoma de la persona humana.

14. Simultáneamente, se asiste a una renovada visión de la ideología liberal, que postula la eficiencia económica, la voluntad de defender al hombre contra el dominio invasor de las instituciones y frente a las tendencias totalitarias de los poderes públicos. Los grupos cristianos que se comprometen en esta línea, tienden a idealizar el liberalismo, olvidando que en su raíz el liberalismo filosófico es una afirmación errónea de la autonomía del ser individual. Por ello, los movimientos inspirados en la ideología liberal requieren también, por parte del cristiano, un atento discernimiento.

Los laicos con vocación social y política, sin omitir el compromiso concreto al servicio de la comunidad, deben afirmar en sus opciones prácticas lo específico de la aportación cristiana para una transformación positiva de la sociedad.

15. Una característica de la época es la debilidad de las ideologías cuando deben aplicarse a sistemas concretos de gobierno, y no pueden evitar que se extienda en la población un profundo malestar. De allí que se asista a la proliferación de lo que ha dado en llamarse utopías (utopía: lugar que no existe), las cuales pretenden resolver el problema político de las sociedades modernas mejor que las ideologías. Lo más grave de esta forma actual de romanticismo, es que afecta a menudo a los grupos católicos, que se conforman con imaginar que el futuro será mejor que el presente, cayendo en un enfoque evolucionista que postula el progreso indefinido.

La apelación a la utopía es con frecuencia un cómodo pretexto para quien desea rehuir las tareas concretas, refugiándose en un mundo imaginario. Vivir en un futuro hipotético, es una coartada fácil para deponer responsabilidades inmediatas.

16. A modo de conclusión, queremos citar una frase de Mons. Crepaldi, director del Observatorio Van Thuan, que nos orienta en este tema:

“El católico comprometido en política debería poner atención a las trampas de estas ideologías, que son muy insidiosas. Debería ser guiado por un sano realismo, es decir, por un realismo cristiano. La verdad es la realidad. El bien no es otra cosa que la realidad en cuanto deseable. Que el católico se atenga a esta realidad y verá que a menudo las cosas no son como las ideologías las presentan. Que mantenga una libertad de juicio, que promueva puntos de vista alternativos, y hoy el realismo católico es la aproximación a los problemas más alternativa que exista”.

  

Fuentes utilizadas:

Crepaldi, Mons. Gianpaolo. “Los católicos y las nuevas ideologías”; Zenit, 25-11-2010.

Gómez Pérez, P. Rafael. “Gramsci. El comunismo latino”; EUNSA, 1977 

Gramsci, Antonio. “Las maniobras del Vaticano”; Buenos Aires, Ediciones Godot Argentina, 2010.

Pablo VI. Carta Apostólica Octogesima Adveniens, 1971.

Widow, Juan Antonio. “El hombre, animal político”, Buenos Aires, Forum, 1984, pp. 128-141.

 

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