¿Qué futuro para Europa?


Raíces cristianas y relativismo radical, pueblos y políticas de la Unión


Stefano Fontana

Scienza & Vita, Florencia, 26 de marzo de 2018

Nuestro Informe sobre Europa[1] expresa un juicio más bien severo sobre el proceso de unificación y sobre el actual planteamiento de la Unión Europea, hasta el punto de considerarla, a causa de algunos de sus aspectos, un proyecto fracasado, como dice el título del Informe, e incluso en peligro. Sabemos que una valoración como ésta difiere respecto a lo que se oye decir tanto en el lenguaje eclesial como en el lenguaje político, a saber: que se necesita más Europa. Sabemos también que hoy los críticos de la Unión Europea son acusados de populismo identitario. A pesar de todo esto, hemos criticado abiertamente.

El cardenal Angelo Bagnasco, en su intervención durante la presentación del Informe en Roma, lo definió un acto de amor hacia Europa. Ciertamente es un acto de amor hacia Europa, pero no hacia la Unión Europea. Al final de la síntesis introductoria del Informe, firmado, además de por mí mismo, por los otros directores de los seis Centros de Investigación que han contribuido a su redacción, entre los cuales el Centro de Estudios Livatino, afirmamos que la ayuda a Europa la proporcionarán, en un futuro, precisamente quienes actualmente critican, incluso con dureza, la actual situación de la Unión Europea.

La radicalidad de nuestra valoración procede también del hecho que, en nuestra opinión, los errores de planteamiento son debidos al proyecto originario y no sólo a los sucesivos y eventuales obstáculos o desviaciones. Originariamente había dos proyectos: el primero planteado según los principios de la Doctrina social de la Iglesia; el segundo, según el Manifiesto de Ventotene[2]. Hay que reconocer que éste último fue el que se impuso, mientras el proceso de unificación se alejaba progresivamente del primero y la sociedad europea se secularizaba.

El Manifiesto de Ventotene concebía el proceso de unificación como un recorrido revolucionario, socialista, guiado no por los pueblos ni a través de los pueblos, sino por una vanguardia de intelectuales y políticos que lo impusieron desde arriba. Se trataba de un proyecto de tipo ilustrado, jacobino y, con las debidas diferencias, leninista. Conllevaba la idea de remodelar el pueblo europeo y, según el planteamiento rousseaniano, de darle otra naturaleza. El esquema era el mismo del liberalismo masónico italiano que, una vez hecha Italia, se dedicó a hacer o, mejor, a rehacer a los italianos desde arriba. Por otra parte, sólo en este espíritu –como veremos a continuación– se puede comprender la obstinación ideológica de las instituciones europeas y el nacimiento de una ideología europeísta. Actualmente, el europeísmo es una ideología que demoniza a quien la contradice acusándole de populismo.

 El Manifiesto de Ventotene decía cómo debía construirse la Unión Europea y establecía sus contenidos culturales, identificándolos con los de la ideología que conciliaba a Gramsci con Gobetti, al socialismo con el liberalismo, al estatismo en lo que atañe a las necesidades públicas con el individualismo amoral en lo que atañe a la vida privada. En otros términos, era el proyecto de la sociedad radical o, como decía Augusto Del Noce, de una sociedad irreligiosa y opulenta.

La ocasión perdida
En nuestro Informe resaltamos cómo hubo un momento en la historia de la Unión Europea en el que este esquema pudo ser puesto en discusión. Nos referimos a 1989 y a 1991, es decir, a la caída del comunismo en Europa del Este. Esto, como es bien sabido, fue interpretado como la necesidad de proceder hacia la unión política con el tratado de Maastricht (1992), pero también podía ser interpretado de otra manera, como pedía insistentemente Juan Pablo II. 

La petición de incluir en la Constitución europea la referencia a Dios no era una petición integrista, sino que pretendía reconducir las reflexiones sobre Europa a sus fuentes auténticas para que pudiera encontrar de nuevo el propio camino. La Unión se alejaba de Europa y lo que Juan Pablo II quería, en cambio, era que el proceso de unificación estuviera al servicio de Europa, desde el Atlántico hasta los Urales. Para hacerlo, debía reconectarse con sus orígenes cristianos, pero el camino emprendido fue otro y las continuas intervenciones de Juan Pablo II fueron desatendidas.

Imperios y estado moderno
La Unión Europea encontraba en la historia de Europa dos modelos sobre los que basarse: el modelo del imperio y el modelo del estado moderno [3]. El modelo del impero era un sabio equilibrio sedimentado en la historia entre centro y periferia, entre reductio ad unum y coexistentia membrorum, entre identidad y pluralidad. Las naciones y los pueblos eran valorizados y, al mismo tiempo, unificados por la religión común y la función imperial. La época de los imperios terminó con la conclusión de la Primera Guerra Mundial y con ellos desapareció de Europa también la función pública de la religión. El otro ejemplo era el del estado moderno, absoluto y centralizado, que sacrifica la coexistentia membrorum en aras de la reductio ad unum. 

Es el moderno Leviatán que, como escribía Carl Schmitt comentando a Hobbes, era Hombre, Dios, animal y máquina [4] al mismo tiempo. La Unión Europea no se ha transformado en un súper estado desde el punto de vista formal, pero ha asumido muchas aspectos y funciones típicas del Leviatán. Se ha transformado en una enorme maquinaria de burócratas y funcionarios homogéneos entre ellos y que comparten la misma ideología europeísta que, al final, se reduce a dos únicos elementos: la democracia formal y la libertad vacía de contenidos.

Una construcción artificial
Es necesario reflexionar sobre la artificialidad de la construcción de la Unión Europea. El Leviatán de Hobbes es una construcción artificial, sin relaciones con la naturaleza social del hombre y sin ninguna deuda hacia un estado de naturaleza que limitaría su poder absoluto. La Unión Europea, aunque dice estar al servicio de las naciones y de los pueblos, en realidad es una construcción artificial de tratados, gestionados por una clase artificial de burócratas, y con una cultura artificial sin vínculos con la ley moral natural. Lo demuestra el hecho que desde las instituciones europeas se presiona sistemáticamente y de manera indebida a los estados miembros para que aprueben leyes contrarias a la vida y la familia, es decir, contra los dictámenes de la ley moral natural, con la que la Unión Europea ha cortado los lazos.

Los llamados “nuevos derechos” son apoyados por la cultura de la Unión Europea, están en el centro de muchas sugerencias del Parlamento europeo, son defendidos por los Tribunales de justicia europeos, por lo que el ciudadano que recurre a ellos contra el propio ordenamiento jurídico estatal en tema de derecho a la vida, por ejemplo, no encuentra una defensa adecuada. En la fase propedéutica a la admisión en la Unión, a los estados solicitantes se les impone la condición de poner en marcha una legislación concerniente a los nuevos derechos, puesto que la ausencia de dicha legislación indicaría discriminación por parte del estado en cuestión.

La oposición al derecho natural
Sobre este tema de los derechos humanos hay en la Unión una lucha transversal tanto dentro de cada estado como entre los estados. En este ámbito, los países de la Unión están muy divididos, entre ellos y en su interior. Las organizaciones de la sociedad civil que defienden el derecho a la vida y la familia entre hombre y mujer se contraponen con los grupos progresistas que, en cambio, quieren extender los nuevos derechos a la autodeterminación individual más allá de cualquier regla moral y jurídica.

Las instituciones europeas habitualmente están de parte de estos últimos, pero no consiguen evitar el conflicto social y político sobre estos temas. Y la parte que defiende el derecho natural siente que las instituciones europeas son sus enemigas, aumentando aún más la desafección hacia ella. Cuando los Estados Unidos de Trump eliminaron la financiación internacional a los organismos que promueven el aborto masivo, la Unión Europea los sostuvo en parte aumentando el presupuesto para este fin y transformándose así en el primer financiador en el mundo. La lucha interna en los países existe también entre países y países. Muchos estados de Europa del Este han blindado en la propia constitución la familia natural, o bien la negación del reconocimiento público de la homosexualidad o el derecho a la vida desde la concepción a la muerte natural. Estos países han entrado en conflicto ideológico con las instituciones europeas, que los han acosado.

La antropología se transforma, cada vez más, en terreno de división europea. La tendencia de la Unión es uniformar, pero algunos países empiezan a reaccionar contra la homogeneización. Los cuatros países de Visegrad –Polonia, República Checa, Eslovaquia y Hungría– reivindican la propia identidad cultural, religiosa y ética, separándose de la homogeneidad ideológica europea.

Culturas y pueblos
Precisamente sobre este terreno de la identidad cultural y religiosa de los pueblos europeos se observan los mayores síntomas del déficit en el proceso de unificación. El nexo entre pueblo y cultura es fundamental. Si es indudable que existe una cultura europea, aunque luego sea difícil individuarla debido a la gran cantidad de sus componentes, es igualmente indudable que nace de las culturas de cada pueblo individualmente, que no absorbe en sí negándolas. Juan Pablo II nos enseñó que la cultura es un camino hacia la naturaleza humana, que transciende todas las culturas, las relativiza y permite su valoración ética. Los pueblos intentan alcanzar la común naturaleza humana según distintos recorridos; es decir, según las culturas, que no son autorreferenciales, sino que valen en cuanto revelan al hombre tal como éste es y se ponen a su servicio. 

Por esto en las culturas se pueden introducir también elementos negativos cuando no respetan al hombre; precisamente es la naturaleza humana la que en estos casos desarrolla el papel de criterio de juicio y de valoración moral de la propia cultura.
Eliminado el concepto de naturaleza humana, la cultura es entonces planificada de manera convencional por parte de los poderes fuertes. Europa siempre ha sido un cruce de culturas y de pueblos, cruce hecho posible por la común referencia a la naturaleza humana, referencia garantizada por la religión cristiana. De hecho, es incomparable la visión de la persona humana nacida en Europa, transmitida después a Occidente no como expresión de una cultura partidista, sino como conquista universal. 

Pero hoy en Europa sucede precisamente esto: se ha eliminado la naturaleza humana y, por lo tanto, también la cultura de los pueblos y de las naciones, que se quieren uniformar y amalgamar artificialmente como en una trituradora de carne. En nuestro continente están naciendo nuevas reivindicaciones del derecho a la propia identidad cultural y, a menudo, esto es reivindicado de manera polémica con las instituciones europeas.

El lugar de Dios en la plaza pública
Pero la cultura es también otra cosa. Juan Pablo II nos enseñó que la cultura nace siempre de la pregunta fundamental del hombre respecto a Dios. Todas las culturas han tenido un origen religioso. Sólo la cultura moderna e ilustrada, como también nos enseñó Benedicto XVI, nace sin Dios o contra Dios. En Europa nació la primera cultura antirreligiosa en el mundo, una expulsión sistemática de Dios de la plaza pública, que después se extendió más allá de los países europeos. La expulsión de Dios de la esfera pública ha producido, precisamente en Europa, los totalitarismos. 

El estado ideológico nació en Europa con la Revolución francesa, precisamente al haber expulsado a Dios de la vida pública, y continuó de otras formas, aún más devastadoras.
La pregunta es ésta: negando a Dios de la plaza pública, ¿también la Unión Europea es un poder ideológico? [5] Es inevitable que sin Dios las culturas se tornen áridas y se plieguen sobre sí mismas, perdiendo de vista otros valores humanos y laicos, en un proceso de disolución o, como diría Carl Schmitt, de desesperación. El propio Schmitt y el historiador Ernest Nolte han sostenido que el nacimiento del estado ideológico en Europa siempre ha producido guerras civiles: la de la Francia revolucionaria; la que hubo en Alemania durante la república de Weimar tras la derrota de la Primera Guerra Mundial; la propia Primera Guerra Mundial; la del nazismo contra los judíos; la italiana después del 25 de julio; la de la Rusia soviética tras la revolución de octubre… guerras civiles.

Hoy se dice que con el recorrido de unificación europea el continente ha tenido paz. En parte es verdad, si olvidamos a Bosnia y Kosovo, a mediados de los años noventa, y a Crimea y Ucrania hoy. Lo que caracteriza el estado ideológico es, según Nolte, la presunción de culpabilidad… contra el judío o contra el burgués capitalista. También hoy, en Europa, hay una presunción de culpabilidad ideológica: contra los niños no nacidos, frente a los cuales las instituciones europeas están muy comprometidas.

El bien común y la subsidiariedad
Si examinamos la construcción de la Unión Europea y su posición actual, encontraremos carencias graves en los principios fundamentales de la Doctrina social de la Iglesia; en particular, la distancia es notable en los dos principios fundamentales del bien común y la subsidiariedad.
La visión del bien común de la Doctrina social de la Iglesia[6] tiene dos aspectos totalmente desatendidos hoy en día en Europa. El primero es que éste está detrás de nosotros antes que delante de nosotros. De él forma parte el orden natural en el que estamos incluidos y el orden histórico de la tradición del que recibimos los principios y valores. El bien común es un orden ético y no material: puede estar también en una situación de pobreza cuando no ejerce violencia al orden natural de las cosas.

La ideología europeísta, en cambio, se funda sobre la idea que lo que procede de las instituciones europeas es el bien y que no hay órdenes objetivos que hay que respetar. El segundo es su carácter vertical: el primer bien común es Dios, sobre el que se funda en definitiva la misma legitimación de la autoridad. La Unión Europea, en cambio, ha emprendido el camino de una secularización religiosa muy acentuada fundada sobre la indiferencia a las verdades de las religiones, consideradas todas ellas iguales y todas distintas, y ninguna de ellas digna de gozar de un papel público especial.

Después está el principio de subsidiariedad [7]. El tratado de Maastricht lo contempla, pero también lo deforma, interpretándolo sólo en sentido funcionalista e instrumental. Este principio tiene sentido sólo en un sistema de orden social y moral en el que las sociedades inferiores deben ser puestas en posición de actuar libremente para poder llevar a cabo sus propios deberes objetivos. Sin esto, el principio es sólo una reivindicación de espacios para ejercer presuntos derechos individuales no vinculados a deberes. 

Prevalecen las dos visiones erradas de subsidiariedad: la que la considera una concesión del estado soberano a las sociedades inferiores y la que la considera una reivindicación libertaria y anárquica de las propias sociedades inferiores. En ambos casos, está desvinculado de un orden social y político objetivo.
El problema político del islam
Me gustarla terminar este breve reseña sobre la Unión Europea desde el punto de vista de la Doctrina social de la Iglesia aludiendo al hecho que no hay una visión política del problema del islam, que representa una problema político. En muchos estados europeos ya se han presentado a las elecciones partidos islámicos. Como ha escrito el filósofo Remi Brague, cuando se importan musulmanes no se importa una religión, se importa una civilización.

Ahora bien, en el islam, no existe el concepto de derecho natural, la ética coincide con cuanto está permitido o prohibido desde un punto de vista religioso, la revelación divina posee inmediatamente un significado jurídico, la comunidad prevalece sobre el individuo, no existe el concepto de persona tal como ha sido elaborado por el Occidente cristiano, la mujer es antropológicamente inferior al hombre y esto es fruto de la revelación, obedecer a Mahoma equivale a obedecer a Alá porque el Corán escrito es perfectamente conforme al Corán eterno, la comunidad musulmana tiene una superioridad antropológica sobre todas las otras y se expande por conquista [8]. En la Unión Europea no hay una política sobre el islam y no se tiene en cuenta este elemento: el islam no es sólo una religión. La vacía laicidad europea es incapaz de responder al islam.


[1] Observatorio Cardenal Van Thuân, Europa: el final de las ilusiones, IX Informe sobre la Doctrina social de la Iglesia en el mundo, editado por Giampaolo Crepaldi y Stefano Fontana, Cantagalli, Siena 2017.
[2] Alfredo Mantovano, Il futuro dell’Europa tra manifesto di Ventotene e Dottrina sociale della Chiesa, Ivi, pp. 157-172.
[3] Gianfranco Battisti, Europa, le morte ragioni di una crisi epocale, Ivi, pp. 123-146.
[4] Cfr. Carl Schmitt, Sul Leviatano, Introducción de Giancarlo Galli, Il Mulino, Bolonia 2011; Id., Legalità e legittimità, Introducción de Carlo Galli, Il Mulino, Bolonia 2018.
[5] Stefano Fontana, “Ex captivitate salus”: se sia ancora attuale il concetto di “guerra civile europea”, Ivi, pp. 147-156.
[6] Cfr. Le ragioni del bene comune, número monográfico del “Boletín de Doctrina social de la Iglesia”, XIII (2017) 1.
[7] Cfr. La sussidiarietà, un principio da recuperare, número monográfico del “Boletín de Doctrina social de la Iglesia”, XIV (2018) 1.
[8] Marie-Thérese Urvoy, Islamologie et monde islamique, Cerf, Paris 2016; Annie Laurent, L’Islam, Artége, Paris 2017; Pierre de Lauzun, La laïcité française est incapable de répondre à l’islamisme, Liberté Politique, n. 68, enero de 2016, pp. 143-146.; Bernard Dumont, La France, les catholiques, les musulmans, Catholica n. 130. Hiver 2016, pp. 12-18; Giulio Meotti, Il suicidio della cultura occidentale. Così l’islam radicale sta vincendo, Lindu, Turín 2018; Id., La fine dell’Europa. Nuove moschee e chiese abbandonate, Cantagalli, Siena 2016; Gianni Baget Bozzo, Tra nichilismo e islam. L’Europa come colpa, Mondadori, Milán 2006.